María Mayo Justel, misionera dominica evacuada de Ucrania, cuenta cómo se ha visto obligada a abandonar Kiev huyendo de la guerra.

María Mayo Justel ha trabajado los últimos diez años como misionera dominica en un centro ecuménico para niños en Kiev. La Embajada Española la evacuó de urgencia junto a otras hermanas ante el estallido del conflicto entre Rusia y Ucrania. Ahora está a salvo en Madrid, pero mantiene la mente y el corazón en el país en guerra. “Hay días que me duele la mano de sostener el móvil para tener noticias de Ucrania”.

En Kiev trabajaba en el centro ecuménico “Dim Ditey” (Casa de los Niños). Allí iban los menores al acabar el colegio antes de que estallase la guerra. Especialmente en invierno, cuando los termómetros pueden marcar 35 bajo cero. Las misioneras de la Congregación de Santo Domingo les ayudaban a hacer los deberes y les daban clases de español, hacían talleres de teatro o jugaban al ajedrez. Los niños ya no están. Han huido del país con sus padres y es posible que nunca vuelvan.

La hermana dominica ha pasado ya cinco guerras. Esta es la sexta. Vivió los dos conflictos armados del Congo o las guerrillas de los carteles de la droga en Colombia y mantiene intactos los recuerdos. Por ejemplo, cuando le informaron de la muerte a tiros de un sacerdote en Medellín al que iba a ver para confesarse. O cuando en Kinsasa le pusieron una bayoneta en la cara y se enfrentó al guerrillero al grito de: “¡No me toques, que soy de Dios!”. Consciente de la creciente escalada de violencia a nivel mundial, llama a la población a solidarizarse y prestar ayuda.

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TRANSCRIPCIÓN:

Hola. Soy María Mayo Justel, religiosa de la Congregación de Santo Domingo. Vengo desde Kiev, de la Casa de los Niños. Estoy en este programa de “Haciéndote preguntas” para hablar de esta situación de las misiones en medio de esta situación actual.

– ¿Me puedes explicar, por favor, qué hace una misionera?

– Mira, la palabra misión es envío. Y cuando a ti te envían, aunque sea buscar el pan a la esquina, tú tienes que tener mucha confianza en quien te envía. Entonces un misionero es el que está con Jesús, siente la alegría de estar con Jesús, y esa alegría tan grande del corazón la quiere compartir con todos. Y sobre todo pues en los lugares en donde a mucha gente no le apetece ir ni quiere estar, en donde pues no hay agua –normalmente–, no hay asfalto. Y entonces se trata de convivir con la gente, estar con, vivir con, y con la palabra de Jesús, en medio, que nos ayuda a vivir. Yo he estado enseñando a leer, he estado ayudando a hacer una fuente, he estado sacando niños de la guerra. Porque ésta ya es mi sexta guerra que me ha tocado vivir en mi vida misionera y en las otras cinco siempre me he quedado con ellos.

– ¿Has llorado?

– Sí, esta noche y todavía ahora, si me apuras, mucho, porque tú piensa que tus amiguitas, que tus compañeras, que tu mamá, están en el camino en medio de bombardeos. Y esto para mí no son noticias del periódico, para mí son los niños con los que yo hace dos semanas he estado trabajando. Cómo no voy a llorar.

– ¿Y cómo fue el día antes de la guerra?

– Normal. Lo que es un día en donde más todavía estábamos preparando el teatro, que íbamos a hacerlo antes, porque coincidía la Pascua detrás. Íbamos a hacerlo ahora en el mes de marzo. Y bueno, al mismo tiempo, teníamos preparado, porque a todos nos habían dicho que nos iban a invadir y que todo, pero yo en el bolso lo que tenía metido era las medicinas, el pasaporte y algún documento y nada más, porque no pensabas que iba a ser tan inminente, ni pensabas tampoco que de una vez iba a ser toda Ucrania la que iba a ser invadida.

– ¿Qué es para ti, María, el amor?

– Todo ha ido en un descubrirme y en una relación preciosa, dura, maravillosa, exigente, de Jesús conmigo y con los otros. Y el compartir esto, compartirlo, esta manera del Amor de Dios, con todos, con el corazón tuyo, con el mío, siento que vibra y que vibra otra parte del mundo, pero que no es de inmediatismos. Y que es lo que te da solidez, que es más que amor, que es mucho más que amor.

– ¿Qué podemos hacer nosotros desde aquí para ayudar?

– Ahora mismo están funcionando muchas iniciativas. Yo, con una cierta experiencia de seis guerras y de evacuaciones, diría que os fiárais todos de Cáritas y de Cáritas Internacional. ¿Porqué? Porque Cáritas Internacional en cualquier parte del mundo tiene los medios suficientes para hacer llegar la ayuda y para aprovechar los recursos. Entonces, camino directo Cáritas. Sé que hay iniciativa de recoger cosas, somos muy aficionados a recoger cosas y a dar cosas. Fiémonos de lo que tenemos dentro de la Iglesia, no porque seamos buenísimos, sino porque a lo largo de los siglos hemos afrontado muchísimas catástrofes y sabemos cómo canalizar la ayuda.

– Si hay algo bueno de lo que se está viviendo es la elección de solidaridad y humanidad que nos están dando desde Ucrania, cuéntame un caso.

– Ha habido una chica que ha muerto. Se ha muerto por llevar comida al metro porque le ha cogido un bombardeo en esto. Cuánta gente nos ha llamado de qué podemos hacer. Entonces en ese qué podemos hacer y en esa solidaridad nuestra, yo diría también que nosotros nos impliquemos pero que nos impliquemos sensatamente. Que no sea como a mí me han llegado en una Navidad, para ayudar a los niños, paquetes de zapatos de tacón en la selva o corbatas.

– ¿Volverá a Ucrania?

– Volveremos, en plural. Estamos con los niños, con nuestros niños de Kiev, con los que estábamos trabajando allí, con las familias. Los hombres no han podido salir los que puedan salir. Y volveremos. No es la primera vez que reconstruimos. La vida misionera es volver a empezar y es reconstruir, y rehacer, como toda vida humana. Cuántas rupturas tenemos a lo largo de la vida, ¿volveríamos a comenzar? ¡Pues claro! La vida continua y somos los mismos aunque seamos diferentes. Y el mundo necesita de jóvenes y de niños, pero también de abuelas.

– Más de 50 horas tardaron desde que salieron de casa hasta Polonia, ¿cómo fue esa travesía?

– El camino había que dejar paso a ambulancias que venían con heridos, material de guerra, soldados que iban al frente. En otros momentos habían cortado puentes, había que ir hacia atrás. En un momento dado pensabas que quizá los GEOS se habían olvidado, porque pasamos tres veces por el mismo lugar. Pero era que íbamos hacia adelante, hacia atrás, retrocediendo, carreteras secundarias, carreteras de tierra, sin bajarnos del coche, justo lo imprescindible, dormir en el coche. Y María Jesús, mi compañera, que tiene muy buen humor, dice este es el viaje de las botas puestas, porque en tres días no nos quitamos las botas. Entonces es como un cóctel de vida, de emociones, de esperanza, de dolor, de preocupación, todo eso fue todo el camino y con nosotras Jesús.

– ¿Mantenéis contacto con los niños del centro que han quedado allí?

-Nosotros teníamos grupos, normalmente, como ahora yo creo que se hace en todas partes, de WhatsApp, de Viber, de Facebook, entonces a través de esos grupos tenemos contactos. Si no con todos, con la mayoría, con todos los que se han podido, porque algunos están en refugios. A través de Facebook han mandado fotos de los que están refugios o fotos, mensajes… Me duermo con la alegría de pensar que van viniendo en camino. Otras veces lloro porque no sé si tendrán fuerzas, porque, pues para vosotros el que yo diga nombres no significa, pero yo pongo nombre y cara. Y pongo nombre y cara de todos, y, pues no sé, hay de anécdotas de cada día, y de los padres en la situación en que están porque los conoces. A veces es, a ver es bonito, es duro, es, es complicado, es complicado, pero al mismo tiempo también es de mucha esperanza, de mucha esperanza. Yo no miro tanto las noticias, para mí mis noticias son estas de día y noche. Hay días en que me duele la mano de sostener el móvil. Entonces no es miedo, es, es la preocupación, es el cuidado, es el querer estar allí y ayudarlas, y el no poder, y el estar aquí, y el ver cómo conectas a unos con otros, “a ver y ahora ¿qué podríamos hacer?” Pues vamos a llamar a Fulanito o Zutanito que está aquí, que está el otro.

– ¿Habías estado antes en una zona de conflicto? ¿En alguna ocasión habías tenido también que salir de allí?

– Siempre estaban zonas de conflicto. Yo fui a Colombia, allí estudié. Pero cuando yo estaba en la misma universidad estaba ya surgiendo el ELN. Me tocó también la formación del M-19. Me tocó guerrillas de cártel. Me tocó la muerte de un sacerdote con quien yo me iba a confesar y en el camino hacia la universidad lo mataron. Después he estado en el Congo, primero nueve años en la zona de las selvas del Ituri. En Isiru, allí estuve nueve años. Y en el 1995 fui para Kinshasa a abrir una casa en un barrio marginado sin luz, sin agua, sin asfalto, con seis mil sectas, dos mil –perdón– en aquella época, seis mil son ahora. Y allí me tocó el acoger a nuestras hermanas que se habían quedado entre fuegos cruzados y estuvieron 11 días en la selva cuidadas por los pigmeos. Y yo ahí estuve también ayudando a la evacuación de ellas, recibiéndolas en Kinshasa. Fueron tan momentos muy, muy, muy duros. Me tocó la invasión de Kabila en Kinshasa en el 97, de papá Kabila. Los soldados por detrás de nuestra casa. En una misa salir porque estaban atacando nuestra casa y yo no sabía ni que era verdad, pues con los soldados dentro de la casa viendo que no había armas, que no había nada.

– Yo quisiera preguntarte también sobre el sentido de esta experiencia, sobre el sentido de tu vida.

– No sé, yo creo que la fuerza de Dios, la fuerza de la Vida, nadie la para, nadie la para. Entonces, es verdad que hay son situaciones terribles, no sé, cuando coges violaciones como armas de guerra, cuando te ha tocado acompañar, como a mí, en la universidad de Isiru a estas chicas y que encima se sienten sucias, que encima se sienten malas… Entonces el ver, el descubrir,” pero a ver, ¿qué pasó?” “Sí, yo es que quería hacer ese…” “¿Ves?” El buscar el mínimo de gestos de vida. ¿Qué es lo que podemos hacer? Pues no ser indiferentes. ¿Qué es lo que podemos hacer? No sé, pues propagar toda la fuerza de vida, todos nosotros, quién no tiene situaciones difíciles.

– ¿Pasaste miedo en todo esto?

– La verdad es que no. Yo en ninguna situación, hasta aquí, yo no he tenido, no he sentido miedo nunca. Preocupación sí. Preocupación por lo que hay que hacer en el momento, por hacer lo que lo que debes. Y luego, yo soy una persona que tengo mucho genio y, entonces, pues yo no siempre, pues no se, he reaccionado en algunos momentos bien. Pues no sé, en un momento, en Kinshasa, pues que me pusieron la bayoneta en la cara y yo digo: ¡No me toques que soy de Dios! Y claro, pues eso al soldado que le tocaba… empezaron a… se formó una situación un poco, un poco peligrosa, porque él empezó a amenazar. Entonces yo, gracias a Dios, me di cuenta y dije: “Yo sé que estamos en tus manos, pero piensa que somos como tus madres. Y que conmigo, ponme la granada, haz lo que quieras; pero todo esto que aquí, qué tiene la culpa de que yo sea una grosera. Yo estoy en tus manos, pues ya está, haz lo que quieras”.

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